De lo escrito
I. Lo leído en una mano se puede decir en voz alta, o se puede escribir. Lo dicho es más débil: se va al aire, se olvida, se tergiversa, se le cuenta mal a la vecina. Lo escrito sostiene. Por eso los mejores de entre los que leían no decían, sino que escribían, y no escribían en cualquier cosa.
II. Mandan escribir sobre piel: sobre pergamino curtido, fino, amarillento, de borde irregular. El papel, dicen, no sirve: bebe la tinta como la arena el agua, y todo lo que se escribe en él se corre al cabo de un mes, como un camino después de la lluvia. El pergamino, en cambio, sostiene la palabra como la sostiene la piedra, solo que más blando. Algunos lo explican diciendo que el pergamino estuvo vivo una vez y recuerda lo que es tener un destino.
III. Mandan usar tinta negra, con un reflejo rojizo como el de la sangre seca, y pluma de acero o de ganso, pero nunca una con la que se haya escrito otra cosa. La letra debe ser propia y firme. Al que escribe con mano temblorosa, se le cumple lo tembloroso.
IV. Consta lo principal: lo escrito en el pergamino se cumple. No lo que vio el que lee, sino lo que escribió. Por lo general es lo mismo, porque el que lee escribe lo que ve. Pero si se equivocó y escribió otra cosa que la que vio, se cumplirá lo escrito y no lo visto. De ahí la regla: escribe lo que ves, no escribas a lo loco. El que escribe a lo loco no adivina, sino que ordena, y no sabe a quién.
V. Se describe también lo contrario, lo terrible. Sucede que lo escrito en el pergamino cambia solo, después de entregado el pergamino. La persona lo trae a la semana y lo enseña, y allí pone otra cosa, no lo que se escribió, aunque la letra es la misma, y la tinta la misma, y el propio lector está dispuesto a jurar que no escribió aquello. Sucede que bajo lo escrito afloran otras palabras, pálidas, como aflora una inscripción vieja en una pared vuelta a encalar. El que se fijó en esas palabras afloradas encontró en ellas siempre lo mismo, escrito por manos distintas en tiempos distintos: «las deudas se pagan con la mano».
VI. Se preguntaba: ¿quién lo reescribe? Se respondía: el que mira a través del que lee, como a través de una ventana. Ve lo mismo que el que lee, pero ve más lejos, más allá del mes, y, viendo, corrige, como el amo corrige lo que escribió su dependiente. Al que lee le parece que escribe el destino, y solo sostiene una pluma que otro guía.
Al margen, de otra mano: no siempre. Hay una cosa que él no puede reescribir.
VII. Consta lo que no puede reescribir el que mira. No puede reescribir lo escrito sobre el propio lector, siempre que el lector escriba sobre sí mismo. Pero el lector no puede escribir sobre sí mismo: no ve su propio mes. Ni puede escribir sobre aquel al que lleva dentro, porque tampoco lo ve, como el ojo no ve su propia pupila. Dicen que en eso consiste la trampa, y que está hecha a propósito.
VIII. Dicen, sin embargo, que la trampa tiene salida. Esa salida no está escrita en las reglas, sino donde nadie busca: en las palabras que el que lee escribe para todos y cada uno, en el letrero, en la puerta, al pie de la hoja, en letra pequeña, por cumplir. Todo el que lee manos por dinero escribe abajo lo mismo, con distintas palabras en distintas tierras: que la predicción se cumple y que no hay devolución. Lo escriben para que no se discuta por el dinero. Y eso, dicen, es una ley escrita también para el que mira. Tampoco él puede devolver lo que tomó. Tampoco él puede anular lo escrito. El que entienda cómo darle la vuelta a esa ley la volverá contra el que cobra el pago.
IX. La última regla sobre lo escrito. No se debe guardar un pergamino en el que no haya nada escrito más que el encabezamiento. Espera. El espacio vacío bajo el encabezamiento atrae las palabras como una casa vacía atrae inquilinos, y tarde o temprano alguien escribirá en él. Mejor si escribe el que lee y no el que mira. Mejor aún si escribe sobre otro que aquel a quien estaba destinado.
X. Aquí se interrumpen los escritos. La última hoja está escrita solo hasta la mitad. Más abajo, con otra tinta, parda, desvaída, parecida al óxido, con letra menuda y puntiaguda llena de florituras como ya nadie escribe, hay una sola línea, sin firma y sin fecha:
Leýdo. Vendré por lo restante.