Del reflejo de la mano

Del reflejo de la mano

I. La mano viva miente. No adrede, sino como miente todo lo vivo: está tibia, tiembla, suda de miedo y se encoge de vergüenza. El que tiende la mano mira a la cara del que lee y espera, y su espera se posa en la palma como el aliento en un cristal. Por eso los mejores de entre los que leían no leían la mano, sino su reflejo.

II. Se llama reflejo a toda imagen de la mano separada de ella: la huella en el agua, la impresión en la cera, la sombra en una pared encalada, el dibujo al carbón hecho del natural por una mano segura. Consta que en distintos tiempos se leyó por cada uno de ellos, y consta que sirve mejor el reflejo que se hace más deprisa, en un solo instante, antes de que la mano haya tenido tiempo de prepararse.

III. El modo más antiguo es este. La persona posa la palma sobre un cuenco de agua negra lleno hasta el borde, de modo que la palma quede sobre el agua sin hundirse, y enseguida la retira. Durante un instante la huella se sostiene en el agua, como se sostiene una pisada en la nieve, y en ese instante se lee. Este modo exige un ojo rápido y una memoria exacta, porque el agua se alisa antes de que uno alcance a parpadear. Dicen que hubo quienes llegaban a tiempo.

Del reflejo de la mano IV. Otro modo: la impresión en cera tibia alisada sobre una tabla. La cera aguanta más que el agua, y en ella se puede leer sin prisa. Pero la cera miente a su manera: toma los pliegues hondos y pierde los finos, y precisamente los finos son los que hablan del mes. En la cera se ve bien quién es una persona. Se ve mal qué será de ella.

Del reflejo de la mano V. El mejor de los modos conocidos por los que escribieron esto es la imagen de la mano atrapada por la luz. Cómo atraparla se sabía de distinta manera en distintas tierras, y aquí no se dice, porque lo dicho se quedaría viejo antes de que se secara la tinta. Solo se dice lo que no cambia. La luz debe caer de lado, baja, rasante, como cae el sol de la tarde sobre la tierra arada, para que cada surco eche su sombra. Con la luz de frente, la palma sale plana y vacía como una torta. La mano debe estar abierta, pero no estirada: los dedos un poco separados, como si se tendiera la mano para pedir limosna. Y la mano entera, desde la punta de los dedos hasta la muñeca, debe entrar en la imagen completa, porque lo más importante suele irse hacia el borde.

Del reflejo de la mano VI. Está escrito así: no leas de frente, sino como de soslayo, entornando un poco los ojos, como se mira el agua cuando se busca el fondo. El que mira de frente ve pliegues. El que mira de soslayo ve cómo los pliegues dejan de ser pliegues y se vuelven camino, y tras el camino un campo, y sobre el campo un día. No es un engaño del ojo. Es el ojo que pasa de una escritura a otra, como pasa de la letra al sentido cuando uno aprende a leer con soltura.

VII. El reflejo guarda no solo la mano, sino lo que hay en la mano. En los reflejos de una mano se ha visto lo que no había en la mano misma: manchas donde la piel estaba limpia, líneas donde la piel estaba lisa. No es un defecto ni un engaño. El reflejo muestra la mano tal como es del otro lado, y la mano viva la muestra tal como es de este lado. El que lee debe saber qué lado está leyendo.

Al margen, de otra mano: de este lado la mano es tuya. Del otro no es solo tuya.

Del reflejo de la mano VIII. El reflejo de una mano no envejece. Dentro de un mes la mano será otra, pero su imagen seguirá igual, y por ella siempre se puede leer aquel mes tal como era el día en que se atrapó la imagen. Por eso los reflejos de las manos se guardan; algunos los guardaban por centenares, entre hojas de papel fino, en arcones y cajones. Y por eso los reflejos de las manos se protegen de los ojos ajenos: quien tiene la imagen de tu mano tiene tu mes, y el mes, como el dinero, no se enseña en el mercado.

IX. Se ha notado que en el reflejo de la mano de alguien ya muerto su mes no está cerrado. Está detenido en el día en que se atrapó la imagen, y en él nada cambia, como no cambia el agua de un pozo cerrado con llave. Pero a veces, dicen, algo se mueve en esa agua quieta. No hay explicación para ello, y se aconseja no buscarla.

X. Por último, la regla que se repite en todas las copias, cuantas hay: no mires tu propia mano en un reflejo. Ni en el agua, ni en la cera, ni en la luz. El que lo haga verá, pero lo que vea no será su mes, sino otra cosa, y de qué trata, más vale no saberlo.