De la propia mano y de las manos de los de casa
I. El que lee no lee su propia mano. Esta regla es más antigua que todas las demás y se repite en todas las copias con las mismas palabras, como si no la hubieran copiado sino transmitido de boca en boca, temiendo cambiar una sola palabra: no toques lo tuyo.
II. Se dice a modo de explicación: en casa del herrero, cuchillo de palo, y el que lee, sin palma. Así tiene que ser. Esa es la explicación para los niños. A los mayores se les da otra, y aquí queda escrita.
III. El ojo que lee una mano ajena mira desde su propio mes al mes ajeno, como desde una habitación iluminada a un jardín a oscuras: la luz de la ventana cae sobre los senderos, y se ve lo que hay en ellos. El ojo que lee su propia mano mira desde su propio mes a ese mismo mes. Es como mirar por la ventana de noche cuando en la habitación arde una lámpara: el jardín no se ve, solo se ve la habitación reflejada en el cristal, y a ti mismo en ella, y por encima de tu hombro al que está de pie a tu espalda.
IV. Constan casos de infracción.
Uno de los que leen quiso ver su mes y miró en el agua, posando en ella su palma. El agua del cuenco se oscureció, como si le hubieran echado tinta, y se puso tibia, como la sangre. Retiró la mano de golpe y durante mucho tiempo no pudo calentarla.
Otro miró la imagen de su propia mano atrapada por la luz. La imagen salió, pero en ella había más líneas que en la mano: dos líneas de la vida donde la mano viva tiene una, y la segunda era más vieja que la primera. Envolvió la imagen en negro y no volvió a desenvolverla.
Un tercero, dicen, simplemente se miró la palma sin querer, al lavarse, y vio en ella un borrón, y en el borrón al que está de pie. Y el que está de pie se volvió por primera vez.
V. Se enseña así: desde la más tierna infancia, al dormirte, pon las palmas bajo la mejilla, para que nadie espíe. El niño cree que «nadie» quiere decir los extraños. El adulto comprende que «nadie» quiere decir ante todo él mismo. Los que están acostumbrados desde niños no se miran las palmas, igual que no se mira al sol: no por prohibición, sino porque el ojo se aparta solo. Ven el dorso de la mano, las uñas, los dedos, pero la palma, al volverse hacia ellos, parece apagarse, y apartan la mirada antes de notar que la han apartado.
VI. La segunda regla, inseparable de la primera: al que duerme bajo tu techo no lo leas. Es tuyo, y no toques lo tuyo.
VII. Por techo no se entiende una sola techumbre. Bajo tu techo está aquel con quien comes en una misma mesa pequeña donde las rodillas tocan las rodillas. Bajo tu techo está aquel cuyo sueño escuchas por la noche y reconoces por la respiración. Bajo tu techo está aquel al que tuviste en brazos de niño. Bajo tu techo, dicen algunos, está también el que lleva medio año trabajando para ti, porque en medio año un extraño entra en la casa como el agua en la arena, y él mismo no nota cuándo se volvió de casa.
VIII. ¿Por qué no se puede? Se explica de dos maneras.
La primera explicación es misericordiosa. El que lea a los suyos verá lo que no quiere ver: que la madre morirá dentro de tres semanas, que la mujer le engañará, que el hijo enfermará; y lo sabrá, y no podrá hacer nada, porque lo leído se sabe pero no se anula. Eso no lo aguanta ningún corazón, y la prohibición se dio para tener piedad.
La segunda explicación no es misericordiosa. El que vive bajo tu techo está tejido en tu mes como un hilo en la tela. Al leerlo, tiras del hilo y deshaces tu propio paño, y todo lo que en él estaba escondido sale a la luz. Y lo que sale a la luz no lo mira solo el que lee.
IX. Consta: al que vive bajo un mismo techo con el que lee, con el tiempo empiezan a cambiarle las manos. No a palidecer, como a los que son leídos, sino al contrario, a aflorar: aparecen líneas que antes no había, y esas líneas no son suyas. A veces se encuentra en su palma la curva de una línea de la vida ajena, la letra del linaje de otro linaje. A veces empieza a hablar en sueños con una voz que no es la suya, a cocinar una comida que no es la suya, a tararear una canción que no es la suya. Dicen que esto pasa cuando en la casa hay un tercero, invisible, que necesita otro cuerpo para andar.
Al margen, de otra mano: no todo el que entró en la casa por su propio pie vino por sí mismo. A algunos se les llama.
X. Por último, la regla sobre qué hacer si, pese a todo, se ha infringido. La respuesta en todas las copias es una y breve: nada. Al infractor no se le castiga; se le nota. Lo que pase después no depende del infractor.