De la flor de una sola noche
I. De dónde viene el don de leer la mano, las copias lo dicen a regañadientes, y cada una a su manera. Pero todas coinciden en que ese don no nace con la persona, como nacen los pliegues, sino que se toma. Se toma una vez, en una sola noche, en un solo lugar, y al que lo tomó se le reconoce luego por las manos: las tiene tibias, pesadas, y huelen un poco a tierra.
II. Consta así. Hay una noche en el año, la más corta, en que el sol apenas se pone y enseguida vuelve, y esa noche, en lugares apartados, en barrancos donde no se siega, junto a un agua que no corre, se abre una flor. Florece poco tiempo, de la medianoche al primer canto del gallo, y algunos dicen que un solo instante, como se aviva una brasa en la estufa cuando se le sopla. De fuego, dicen unos. Blanca como la leche, dicen otros. Otros dicen que no tiene color alguno, sino solo luz, y que con esa luz se ve a través de la tierra.
III. Al que la arranca se le abren los tesoros enterrados, las lenguas de las bestias y de los pájaros, los pensamientos ajenos, y a algunos, por la sangre, las palmas: toda mano que mire el que la arrancó se volverá para él un libro abierto un mes por delante. Esto lo sabe todo el mundo; se canta en las canciones y se les cuenta a los niños. Otra cosa no se sabe, y aquí queda escrita.
IV. La flor no se arranca así como así. Junto a ella está el que la guarda, y la guarda no de la gente, sino para la gente: espera a ver quién viene. Al que llega no le estorba, sino que le hace una oferta. Tú te llevarás la flor, le dice, y yo te tomaré otra cosa. Consta que antes de tender la mano hacia la flor, el que ha llegado debe decir qué quiere además de la flor, porque esa noche nadie viene aquí solo por la flor. Se viene cuando alguien se está muriendo y no hay con qué salvarlo, o cuando no hay de qué vivir, o cuando ya no queda nada que perder. El que guarda lo sabe y por la flor no regatea. Regatea por lo otro.
V. Consta el precio. Es doble, y su segunda mitad pesa más que la primera.
La primera mitad: todo aquel cuya mano lea el que recibió la flor dará un poco de su destino, y una vez al mes lo dado será recogido.
La segunda mitad: una vez por generación el que la recibió entrega una mano de su linaje. No su propia mano, sino la mano del que viene después de él. El plazo se fija al cerrar el trato, y casi siempre, dicen, es el año veintiocho desde el nacimiento del heredero, en el mismo día de su cumpleaños, a medianoche, cuando se acaba un año y aún no ha empezado el otro. Veintiocho años son cuatro septenarios, y ese número consta en todas las copias sin cambios.
VI. Dicen también que este linaje lleva mucho tiempo pagando. Que el primero no fue el que arrancó la flor la última vez, sino el bisabuelo de su bisabuelo, y que el primero no fue comprador, sino vendedor. Vendió todo lo que tenía, sus líneas hasta la última, a cambio del don, y cuando comprendió lo que había vendido ya era tarde, y desde entonces anda sin líneas y las va reuniendo una a una de sus descendientes, de cada generación, y esas generaciones son siete. Si esto es verdad, el que guarda la flor y el que cobra el pago son una misma persona, y la cara de esa persona es la cara del antepasado. Solo que no tiene cara.
Al margen, de otra mano, con letra menuda: su retrato cuelga en la iglesia del pueblo que está sobre el barranco. Sin cara. La cara está borrada, como si la hubieran frotado con los dedos durante años.
VII. Se describe el lugar donde la flor floreció por última vez, de las veces que se conocen. Un barranco detrás del pueblo, hondo, oscuro, con un arroyo en el fondo que en verano se seca y en primavera ruge. Las laderas están cubiertas de avellanos y endrinos. En el fondo hay una piedra grande, plana, gris, y en la piedra hay palmas grabadas, muchas palmas, viejas y nuevas, unas encima de otras, como si durante siglos alguien hubiera ido apretando manos contra la piedra como contra un sello. Dicen que son las manos de todos los que vinieron por la flor y de todos los que fueron entregados por ellos. Dicen que una de las palmas siempre está fresca.
VIII. Se describe también el rito, aunque los que lo escribieron advierten que la descripción está incompleta. Se va de noche, sin mirar atrás. Junto al barranco uno se descalza. Se baja en silencio, porque el que hable en la ladera no llegará abajo. Abajo se espera hasta la medianoche y no se enciende fuego. Cuando la flor se enciende, se le tiende no la mano derecha, sino la izquierda, con la palma hacia arriba. Ella sola se posa en la palma. No duele. Solo que desde esa noche, en la palma izquierda, en la base del pulgar, queda una islita, redonda como un grano, y ya no se va hasta la muerte.
IX. Consta: algunos de los que recibieron la flor intentaron engañar al que la guarda. Poner en lugar de la mano de su linaje una mano ajena, la mano de un niño ajeno al que se le da el mismo nombre, al que se llama, se atrae, se acostumbra a la casa hasta que se vuelve de los suyos. Dicen que esa sustitución a veces salió bien, pero rara vez. Más a menudo costó dos manos en lugar de una. Dicen que en cierto pueblo junto a un barranco hay una cuna en la que están grabados el nombre de un niño y un año, y que la madre de ese niño vive y ha perdonado.
X. Y lo último, escrito al borde, como si el que lo escribió no quisiera que se leyera y aun así lo hubiera escrito. El trato se puede cerrar. Para ello el que recibió el don debe entregar la mano del linaje él mismo, por su propia voluntad, y no una ajena, sino la suya. Entonces la deuda del linaje queda pagada, el que guarda recibe lo que le faltaba, y todo se acaba. Pero el que lo haga se va junto con la mano, y su heredero pierde el don esa misma noche, y deja de ver el mes siguiente, como se deja de ver un sueño al despertar.