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El quiromante · Capítulo 4

La moneda

· 12 min de lectura

4 de marzo de 2020

Hay personas que viven según un orden establecido con tanta firmeza que los vecinos notan cualquier desviación antes que ellas mismas. Si Valia la cartera pasa un día por la Krivaya no a las nueve sino a las diez, toda la calle sabrá que tiene enfermo al nieto; si el viejo de la casa diecinueve no sale a mediodía a dar de comer a las palomas, a la una ya le estarán llamando a la puerta. Kesha era de esas personas: en siete años nunca había salido de detrás de la cortina antes de que Grisha terminara de fregar, pusiera la tetera y dijera su «Buenos días, maestro», y Grisha estaba tan acostumbrado que, si alguna vez la cortina se hubiera abierto antes, probablemente habría pensado que se había colado un ladrón en la tienda.

A la mañana siguiente Kesha hizo algo que, al parecer, no había hecho nunca: salió de detrás de la cortina cuando Grisha todavía estaba fregando, y a Grisha, de la sorpresa, se le cayó el trapo.

—¿Maestro?

—Friega, friega —dijo Kesha—. No vengo por ti.

Se acercó a la mesita. Las ocho monedas negras seguían donde las habían dejado. Al lado, un poco apartadas, como manteniéndose a distancia, estaban las tres platas corrientes de Tamara Petrovna. Grisha tampoco las había tocado: no sabía si se podía y le daba miedo preguntar.

Kesha sacó del bolsillo un pañuelo —grande, de cuadros, del abuelo—, cubrió con él una de las monedas negras, la enganchó y la levantó.

Resultó pesada. Más de lo que cabría pensar por su aspecto, como si por dentro no fuera de plata sino de plomo o de algo aún más pesado que el plomo. Y fría. El frío atravesaba el pañuelo, la tela, como atraviesa una manopla el frío de un carámbano.

Kesha la acercó a la lámpara.

En una cara, después de todo, no había un escudo sino un rostro. Un perfil. Tan gastado que solo se adivinaban la frente, la nariz y la barbilla, pero se adivinaban con claridad, y a Kesha, no se sabe por qué, no le gustó cómo miraba ese perfil: no hacia delante, como en todas las monedas, sino un poco de lado, como mirando de reojo a quien sostiene la moneda en la mano.

En la otra cara había letras alrededor. Kesha las estuvo examinando un buen rato con la lupa del abuelo y solo distinguió una, al principio de todo —antigua, con un rasgo floreado—, y además, al parecer, la cifra siete. El resto se lo había comido el tiempo.

El canto estaba mellado. Ahora, de cerca, Kesha veía que las mellas no eran casuales: recorrían todo el borde, pequeñas, seguidas, semicirculares, y de verdad, como había dicho Grisha, parecían marcas de dientes. De dientes pequeños. Como si un ratón hubiera estado royendo la moneda mucho tiempo y con paciencia. O un niño.

—Maestro —dijo Grisha desde la puerta—, ¿y si la buscamos en internet? Ahí está todo. Se le hace una foto y se busca.

Kesha lo miró. Era una idea sensata: inesperadamente sensata para Grisha.

—Hazle una foto —dijo Kesha.

Grisha se secó las manos en la bata, sacó el teléfono y fotografió la moneda en la mano de Kesha, sobre el pañuelo de cuadros, por las dos caras. Luego toqueteó la pantalla. Luego la toqueteó más. La cara se le ponía cada vez más perpleja.

—No la encuentra —dijo por fin—. Pone «imágenes similares». Y enseña botones.

—¿Botones?

—Sí. Botones viejos. Y una medalla. Y un gato.

—¿Un gato?

Grisha se lo enseñó. Era verdad: había un gato, negro, hecho un ovillo en el alféizar de alguien.

Kesha volvió a dejar la moneda en la mesita, con las demás, y dobló el pañuelo.

—Está bien —dijo—. Friega el suelo.


Pensó en la moneda todo el día, mientras leía. Cinco clientes. El veintidós, vacío en los cinco. Por la tarde, cuando Grisha se fue, Kesha se echó encima el abrigo, también del abuelo, largo, con un cuello de astracán gastado, y salió a la calle.

Al otro lado de la calle, en diagonal, en un semisótano igual, solo que en la casa número veinte, estaba el salón Arcano.

El salón Arcano no le gustaba a Kesha. No es que tuviera motivos: simplemente, al pasar por delante por las tardes, veía en la ventana del semisótano una luz violeta, veía collares colgados por las paredes, bolas de cristal y hierbas secas, veía a la propia dueña —una señora grande con el pelo teñido de negro y un chal de flecos—, y le daba apuro, como da apuro ver por la calle a alguien disfrazado cuando no es carnaval.

En nuestra ciudad, si se cuenta con honradez, siempre ha habido más adivinas que dentistas, y eso no extraña a nadie: la muela duele una vez al año, y el corazón, todos los días. En el mercado echaban la buenaventura las gitanas; en la peluquería de la Zarechnaya la echaba la manicura Liuda, en los posos del café, gratis si te hacías las uñas con ella; dicen que hasta la taquillera de la estación de autobuses adivinaba y por el billete te decía si llegarías o no. Pero un letrero con palabras subrayadas en la Krivaya solo lo tenía una.

La dueña se llamaba madame Zoya. Así ponía en el letrero: «Madame Zoya. Tarot. Runas. Se quita el mal de ojo. Amarres (¡solo blancos!)». Las palabras «solo blancos» estaban subrayadas dos veces.

Kesha y madame Zoya eran, por así decirlo, competencia. Aunque decir competencia es mucho decir: a Kesha se iba por la verdad y a madame Zoya por el consuelo, y eran, como Kesha había comprendido hacía tiempo, clientes completamente distintos. A veces se cruzaban: alguien, después de recibir de Kesha un pergamino desagradable, corría al otro lado de la calle a ver a madame Zoya, y madame Zoya echaba las cartas y decía que todo iría bien. Y la persona salía de allí consolada. Y luego todo pasaba tal como lo había escrito Kesha.

Al cruzarse se saludaban con una inclinación de cabeza. Habían hablado —Kesha lo recordaba con exactitud— dos veces en siete años: una vez, cuando cortaron la luz en el barrio y madame Zoya vino a preguntar si le sobraba una vela, y otra, cuando en Nochevieja un borracho le rompió la ventana y Kesha llamó a la policía.

Ahora Kesha bajó los escalones hasta su puerta —sus escalones eran de piedra, desportillados, y en cada uno había una maceta de geranio seco— y llamó.

Dentro algo tintineó, crujió, y la puerta se abrió.

De cerca, madame Zoya resultó mayor de lo que él pensaba. Bajo el maquillaje —espeso, teatral, con los ojos perfilados hasta las sienes— tenía la cara cansada, llena de arruguitas, y Kesha comprendió de pronto que debía de pasar de los cincuenta, quizá rondar los sesenta. Olía a perfume, dulce y pesado, y a algo más que Kesha no reconoció enseguida y luego sí: así olía el armario del abuelo. A naftalina. A vejez.

—Vaya —dijo madame Zoya—. El vecino. Menuda visita. ¿Han vuelto a cortar la luz?

—No —dijo Kesha—. ¿Puedo pasar?

Madame Zoya lo miró con atención. Luego se apartó.


Por dentro el salón Arcano era exactamente como parecía desde fuera, solo que más estrecho. La lámpara violeta del techo. Los collares. Una bola de cristal sobre un soporte en forma de tres garras de bronce. Una baraja sobre una mesita cubierta con un mantel de terciopelo con flecos. Una lechuza disecada encima del armario, desplumada, con un solo ojo de cristal. En las paredes, láminas con signos, grabados, calendarios, fotos de madame Zoya con gente que, por lo visto, eran celebridades, aunque Kesha no reconoció a ninguna.

—Siéntate —dijo madame Zoya, señalando la silla frente a ella—. ¿Té? ¿Café? ¿Coñac?

—No, gracias.

—Como quieras. —Se sentó ella, pesadamente, con un suspiro, y el chal se le extendió sobre la silla como unas alas—. ¿Y bien? ¿A qué has venido? Pero no me digas que a que te eche las cartas. No me lo creo.

Kesha sacó del bolsillo el pañuelo y lo desdobló. Sobre el pañuelo había una moneda negra. La había traído consigo, envuelta sin tocarla, y durante todo el cruce de la calle había sentido su peso en el bolsillo, como si llevara una piedra.

—¿Ha visto monedas así? —preguntó.

Madame Zoya se inclinó sobre el pañuelo.

Kesha recordó muchas veces después aquel minuto. La cara de ella no cambió enseguida: al principio miraba con curiosidad, como quien mira una baratija que le enseñan. Luego entornó los ojos. Luego se inclinó más. Y luego —y eso fue lo más extraño— no se echó atrás, no gritó, nada de eso. Simplemente palideció. Bajo la gruesa capa de maquillaje casi no se notaba, pero Kesha lo vio: la sangre se le fue de la cara, y los labios, pintados de rojo vivo, parecieron de pronto dibujados sobre papel blanco.

—Guárdala —dijo en voz baja.

—¿Sabe qué es?

—Que la guardes, te digo.

Kesha envolvió la moneda en el pañuelo. Madame Zoya se recostó en la silla y estuvo un rato callada, mirando a algún sitio más allá de él, a la lechuza. Luego alargó la mano hacia el armarito que tenía detrás, sacó sin mirar una botella y una copita, se sirvió y se la bebió de un trago, sin una mueca.

—¿De dónde? —preguntó.

—La dejó un cliente. Anteayer. Ocho.

—Ocho —repitió madame Zoya—. «El Día Principal», entonces.

Kesha se sobresaltó. No le había dicho qué había pedido el cliente.

—¿Cómo lo sabe…?

—Pues porque tienes la lista de precios colgada en la puerta —dijo madame Zoya con una especie de sonrisa torcida—. Me la sé de memoria. Ocho platas, «El Día Principal». No es difícil de contar.

Era verdad, y a Kesha le dio apuro no haberlo pensado él.

—¿Qué monedas son? —preguntó.

Madame Zoya se sirvió otra, pero no se la bebió: sostenía la copita en la mano y miraba dentro.

—Con estas se pagaba antes —dijo por fin.

—¿Antes, cuándo?

—Antes. —Guardó silencio—. Solo que no a la gente.

—¿Y a quién?

Madame Zoya levantó los ojos hacia él. Bajo todo aquel perfilado negro tenía los ojos claros, casi incoloros, como los de la gente muy vieja, y Kesha vio en ellos con sorpresa no miedo, sino lástima.

—¿Pero es que no sabes nada? —dijo ella—. ¿No te contó nada?

—¿Quién?

Madame Zoya abrió la boca, y la cerró. Dejó la copita en la mesa. Se levantó, pesadamente, apoyándose en el borde de la mesa, y fue hacia la puerta.

—Vete, vecino —dijo—. Ya es tarde. Tengo que cerrar.

—Pero si usted misma…

—Vete.

Abrió la puerta. De la calle entró frío y nieve húmeda. Kesha se levantó, se metió el pañuelo con la moneda en el bolsillo y fue hacia la salida. En el umbral se volvió.

—Madame Zoya. Por favor. ¿Quién es «él»?

Ella estaba de pie, sujetando la puerta, grande, con su chal, bajo la luz violeta, y de pronto le pareció muy vieja y muy sola.

—¿Sabes qué? —dijo—. Dile a tu abuelo…

Y se interrumpió.

Kesha vio cómo pasó. Como si fuera por un camino conocido y de pronto pisara en vacío. Se le abrieron mucho los ojos. La mano en la puerta se le crispó. Miraba a Kesha como si acabara de recordar algo terrible, o, al contrario, como si lo terrible fuera haberlo olvidado.

—¿A mi abuelo? —repitió Kesha.

—Nada —dijo madame Zoya—. Nada. Me he equivocado. Me hago vieja, lo confundo todo. Vete.

—Mi abuelo murió hace doce años.

—Lo sé —dijo madame Zoya—. Lo sé, vecino. Estuve en el entierro. Vete.

Y cerró la puerta.


Kesha se quedó en los escalones de piedra, entre las macetas de geranio seco, mirando la puerta cerrada. Al minuto la luz violeta de la ventana se apagó.

Cruzó la calle. La Krivaya estaba vacía. Las farolas ardían una sí y una no, y por eso la calle parecía más larga de lo que era, como si se estirara en la oscuridad. Caía una nieve menuda, húmeda, sesgada.

Madame Zoya había estado en el entierro. Kesha no lo recordaba. Recordaba poco del entierro: tenía quince años, y estaba junto al ataúd mirando las manos del abuelo cruzadas sobre el pecho —grandes, amarillas, de dedos largos— y solo pensaba en que ya nunca vería esas manos sujetando la pluma. Había mucha gente alrededor. Quiénes eran, no lo sabía ni lo preguntó. Al abuelo lo conocía mucha gente en la ciudad.

«Dile a tu abuelo».

Kesha bajó por la escalera de hierro hasta su puerta, abrió, entró, encendió la luz.

En la mesita junto a la puerta había siete monedas negras y las tres platas corrientes de Tamara Petrovna.

Kesha sacó el pañuelo del bolsillo, lo desdobló y dejó la octava moneda con las demás. La dejó con cuidado, sin tocarla, sacudiéndola del pañuelo.

La moneda cayó en la mesita y no quedó como él la había puesto. Se dio la vuelta. Kesha vio cómo pasaba: cayó de cruz, con las letras hacia arriba, y luego, ya tumbada, se balanceó como se balancea en la mesa un botón desigual, y quedó con el perfil hacia arriba.

El perfil gastado miraba de lado. A Kesha.

Kesha se quedó mirándola. Luego apagó la luz junto a la puerta y se fue detrás de la cortina. Y durante mucho rato estuvo allí sentado, bajo la lámpara verde, escuchando, aunque no había nada que escuchar: solo goteaba en el sótano de al lado, gota, gota, gota.

En el libro, las palmas se leen a la luz de una lámpara. Palmy lee la tuya por una foto. Pruébalo