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El quiromante · Capítulo 3

Tamara Petrovna

· 12 min de lectura

3 de marzo de 2020

Toda tienda, sea una panadería, una peluquería o la caseta del zapatero junto al mercado, tiene sus clientes fijos, y el dueño los conoce mejor que a su propia familia: sabe quién se lleva una barra y media hogaza de pan negro, quién se corta el pelo «como la última vez, pero más corto», quién lleva a arreglar las mismas botas desde hace ocho años y dice cada vez que es la última. Un cliente fijo no es solo dinero: es el reloj por el que vive la tienda. Si ha venido, es martes; si no ha venido, es que está enfermo y habría que preguntar a los vecinos. Kesha no tenía muchos, porque no cualquiera se atreve a ir al quiromante todos los meses, pero los tenía, y la primera de ellos era Tamara Petrovna.

Tamara Petrovna venía el día tres de cada mes. Ni el dos ni el cuatro, sino precisamente el tres, y si el tres caía en domingo, venía igual y se quedaba ante la puerta hasta que Grisha abría, y Grisha abría, porque Kesha lo había ordenado: para Tamara Petrovna, siempre.

Llevaba cuatro años yendo a ver a Kesha. Ya antes de Grisha, cuando Kesha, haciendo de tripas corazón, salía él mismo a recibir a los clientes y les fotografiaba él mismo las manos, ella ya venía. Y siempre pedía lo mismo: «Corazón». No para ella, para su hija.

—Es para Verochka —decía cada vez, como si Grisha pudiera olvidarlo—. Solo para Verochka.

Tamara Petrovna pasaba de los cincuenta, era viuda, trabajaba en la biblioteca del distrito y vestía como visten las mujeres que hace muchos años decidieron que ya no tenían para quién arreglarse: abrigo gris, boina gris, botas grises de tacón bajo. Solo la bufanda era siempre de color vivo —ya frambuesa, ya turquesa, ya naranja como una naranja—, y parecía que todo el color que aún le quedaba a Tamara Petrovna se le había ido a esa bufanda.

Su hija, Vera, no había pisado nunca la tienda. Kesha sabía de ella solo lo que contaba la madre, y la madre contaba mucho —a Grisha, claro, no a Kesha, pero Grisha luego se lo repetía—, y de esos relatos se deducía que Vera tenía veinticuatro años, que era lista, guapa y desgraciada, que trabajaba en una oficina donde no la valoraban, que vivía con su madre aunque hacía tiempo que podría vivir sola, y que novios no tenía ni había tenido, «porque, sabe usted, mi niña es orgullosa».

Y Tamara Petrovna venía cada mes a saber si ese mes aparecería alguien para Verochka.

Pero lo que fotografiaba era su propia palma.

Eso iba contra las reglas. Kesha leía solo a aquel cuya mano estaba en la foto. Pero al principio de todo, hacía cuatro años, Tamara Petrovna le explicó que Verochka no iría por nada del mundo a una adivina, que Verochka se reía de esas cosas, y que ella, la madre, necesitaba saber; y entonces Kesha, tras pensarlo, dijo: «Deme la suya». Porque en la palma de una madre, si la madre quiere de verdad, siempre se ve también a la hija. No tan claro como en la propia palma de la hija: como a través de un cristal empañado. Pero se ve.

Y Kesha llevaba cuatro años mirando a Vera a través del cristal empañado de la palma materna y escribiendo: este mes, tranquilo. Este mes, se peleará con una amiga y se reconciliará hacia el veinte. Este mes, un día triste el nueve; que la madre le hornee algo. Este mes, tranquilo. Tranquilo. Tranquilo.

Tamara Petrovna lo leía, suspiraba, guardaba el pergamino en el bolso —Kesha sospechaba que en casa tenía todo un montón de esos pergaminos atado con una cinta— y se iba hasta el siguiente día tres.


Esta vez llegó a las ocho y media. Grisha justo estaba terminando el umbral —la segunda pasada, como debía— y por poco la empapa.

—¡Ay, Tamara Petrovna! ¡Buenos días!

—Buenos días, Grishenka. —Pasó por encima de lo mojado con cuidado, como por encima de un charco—. ¿Está el maestro?

—Está. Siempre está.

Hoy llevaba una bufanda verde, verde chillón, como la hierba de primavera, de la que aún no había ni rastro: en la Krivaya había nieve sucia de marzo y de los tejados goteaba.

—Para Verochka —dijo—. «Corazón».

—Como siempre —dijo Grisha.

—Como siempre.

Se sentó en la silla de los clientes, se quitó el guante y tendió la mano. Grisha la llevó a la ventana —a Tamara Petrovna la llevaba a la ventana con cuidado, del codo, como se lleva a una abuela—, giró su palma hacia la luz e hizo la foto.

—Siéntese. Le pongo un tecito.

—Gracias, Grishenka.

Grisha llevó el teléfono detrás de la cortina.


Kesha cogió el teléfono. La palma de Tamara Petrovna la conocía bien, mejor que la suya: la suya, por prohibición del abuelo, no la había examinado nunca. Blanda, de arrugas menudas, de dedos cortos. La línea de la vida, larga pero pálida. La línea del corazón, profunda, tajada como a cuchillo: las viudas suelen tenerla así. Y debajo, en la base del meñique, una ramita fina: esa era Vera, allí estaba, junto al corazón de su madre.

Kesha miró con atención, y el mes se abrió ante él como se abre un camino al salir de una curva.

El marzo de Tamara Petrovna era tranquilo. Trabajo, casa, biblioteca. El ocho, unas flores, seguramente de los compañeros. El once le dolería la cabeza. El catorce pasaría mucho rato de pie junto a la ventana. Y Vera…

Kesha se inclinó más.

Este mes Vera estaba más viva que de costumbre. Era sorprendente: durante cuatro años apenas se había transparentado a través de la palma materna, como una marca de agua a través del papel, y ahora era como si alguien hubiera añadido tinta. El diecinueve. Ahí estaba. El diecinueve de marzo, por la tarde. Vera conocería a alguien. A un hombre. Dónde, Kesha no lo veía; veía solo que sería por la tarde, que haría frío y que Vera reiría: reiría de verdad, por primera vez en mucho tiempo.

Kesha sintió algo parecido a la alegría. Era una tontería —¿qué le importaba a él una chica desconocida a la que no había visto en la vida?—, pero lo sintió. Cuatro años escribiendo «tranquilo, tranquilo, tranquilo». Y por fin…

Mojó la pluma y escribió:

«Corazón. Marzo. El diecinueve por la tarde Vera conocerá a un hombre. Reirá. Que la madre no pregunte: ya se lo contará ella».

Lo pensó y añadió:

«El ocho le regalarán flores. El once cuide la cabeza».

Iba ya a enrollar el pergamino cuando algo le llamó la atención.

Al principio ni siquiera entendió qué. Simplemente, en el mes de Tamara Petrovna, al final del todo, hacia la última semana, algo no estaba bien. Como cuando lees un libro conocido y de pronto, en una página que has leído cien veces, ves una errata que antes no estaba.

Kesha volvió a la foto y se puso a mirar con atención, día por día.

El veinte, tranquilo. El veintiuno, tranquilo, aunque sentiría, no se sabe por qué, una inquietud. El veintidós…

En el veintidós de marzo había una mancha.

No en la foto: la foto estaba limpia. La mancha estaba allí donde Kesha veía el mes, en esa vista interior con la que miraba y que nunca había sabido explicarle a nadie. El veintidós de marzo de Tamara Petrovna estaba tapado de negro, redondo, corrido por los bordes, exactamente como el borrón que hace en el cuaderno un niño de primero cuando moja demasiado la pluma.

Kesha miraba esa mancha y no entendía.

En siete años había visto de todo en los meses ajenos. Había visto muertes: parecían un precipicio, un borde tras el cual no hay nada. Había visto enfermedades: eran grises, turbias, como niebla sobre un río. Había visto desgracias: eran agudas, punzantes, como si alguien hubiera arañado el mes con un clavo oxidado. Había visto incluso el amor, que siempre era cálido y brillaba por dentro, como una ventana al atardecer.

Pero una mancha así no la había visto nunca.

No era la muerte: después del veintidós el mes seguía, continuaba —el veintitrés, el veinticuatro, hasta el final—. Pero seguía de una forma rara. Desvaída. Como si después de la mancha se le hubiera ido el color al mes.

Y no era una enfermedad, ni una desgracia. Era algo para lo que Kesha no tenía nombre. Algo que venía de fuera.

Miraba la mancha, y le parecía —otra vez, como la noche anterior con la foto de la palma lisa—, le parecía que se movía un poquito. Como tinta que aún no se ha secado.

—Maestro —llamó Grisha desde detrás de la cortina—. Tamara Petrovna pregunta si falta mucho. Tiene que estar en el trabajo a las diez.

Kesha se sobresaltó.

Miró el pergamino. «El diecinueve por la tarde Vera conocerá a un hombre». Podía añadir: «El veintidós tenga cuidado». O: «El veintidós quédese en casa». O algo, lo que fuera.

¿Pero qué? No sabía qué era aquello. No sabía de qué había que guardarse. Y escribir lo que no sabes era lo que el abuelo prohibía con más severidad que nada. «Escribes a lo loco —decía el abuelo— y a lo loco se cumple. Y luego apáñatelas tú».

Kesha enrolló el pergamino, lo ató con el hilo y se lo dio a Grisha.


Tamara Petrovna lo leyó allí mismo, junto a la mesita, como siempre. Grisha, de pie junto a la puerta, vio cómo le cambiaba la cara: primero no se lo creyó y lo releyó, luego le temblaron los labios, luego apretó el pergamino contra el pecho, contra la bufanda verde, y dijo en un susurro:

—Dios mío. Por fin.

—¿Lo ve? —dijo Grisha, que no sabía qué ponía, pero veía que era algo bueno.

—El diecinueve —dijo Tamara Petrovna—. ¡Grishenka, el diecinueve! ¡Cuatro años!

Rebuscó en el bolso, sacó el monedero y dejó sobre la mesita no dos platas, sino tres.

—Esto es para ustedes —dijo—. Para usted y para el maestro. Gracias. Dele las gracias de mi parte.

Grisha miró las monedas. Luego, el otro extremo de la mesita, donde por segundo día seguían las ocho negras, intactas. Tamara Petrovna siguió su mirada.

—Ay, ¿y eso qué es? ¿Antiguas?

—Las dejó un cliente —dijo Grisha—. El maestro ha dicho que no se toquen.

—Bonitas —dijo Tamara Petrovna sin convicción, y, no se sabe por qué, apartó sus tres platas un poco más lejos de ellas—. Bueno, me voy corriendo. ¡Gracias! ¡Gracias!

Se fue, y Grisha la oyó subir por la escalera de hierro deprisa, casi corriendo, como una chiquilla.


Los demás clientes de aquel día fueron de lo más corriente. Vino un hombre que quería saber si vendería el coche. Vino una estudiante que tenía que aprobar los exámenes. Vino un hombre con un abrigo caro y un grueso sello de oro que pidió «Monedero» y miraba a Grisha como si Grisha le debiera algo. La estudiante, mientras Grisha le fotografiaba la mano, no paraba de preguntar si se podría «recuperar» en caso de que el mes saliera mal, como si la quiromancia fuera un examen y en alguna secretaría hubiera un profesor que pone notas a los meses; y el hombre del coche regateó hasta el final para que se lo dejaran a mitad de precio, ya que él solo quería saber lo del coche y el resto de su vida no le interesaba, y Grisha, tras pensarlo, le dijo con sinceridad que la vida no se lee por separado del coche, «que está todo en la misma mano». Kesha los leyó a todos. Vendería el coche, pero más barato de lo que quería. Aprobaría los exámenes menos uno. El dinero llegaría el catorce.

Ninguno de ellos tenía nada el veintidós. Kesha lo comprobó. Ahora lo comprobaba con todos: primero leía el mes como de costumbre y luego volvía al veintidós y miraba si había algo. No había.

Por la tarde dejó que Grisha se fuera antes, se sentó a la mesa y abrió en el portátil la foto de Tamara Petrovna. Luego la foto de su palma que Grisha había hecho un mes antes, el tres de febrero: Kesha guardaba todas las fotos, todas sin excepción, en carpetas por meses. Luego la de enero. La de diciembre. La de noviembre. Las abría una tras otra y miraba el mismo sitio, ese mes que en aquellas fotos todavía era futuro, y en ninguna, en ninguna, había mancha alguna.

La mancha había aparecido solo ahora. Este mes. Este marzo.

Kesha se recostó en la silla y cerró los ojos.

El viento de fuera se había calmado. La chapa de la torre ya no golpeaba. Solo goteaba en el sótano de al lado, gota, gota, gota, como si alguien allí, tras la pared, fuera contando el tiempo con mucha paciencia.

Entonces Kesha, sin saber él mismo para qué, abrió otra carpeta: aquella en la que desde ayer había una sola foto. La foto de la palma lisa.

La línea seguía allí. Fina como un cabello. Desde debajo del meñique, en diagonal, hacia la muñeca.

Y se había alargado. Ahora Kesha estaba seguro: no un pelo, no el grosor de un trazo de pluma. Se notaba. Ayer se cortaba a la mitad de la palma, y hoy llegaba casi hasta la muñeca y allí, en el mismo borde, se curvaba en un ganchito diminuto, como si señalara algo.

Kesha no había visto nunca una línea que corriera así. En ninguna palma, en ninguna persona viva.

La miraba y de pronto comprendió a qué se parecía. No a una línea. A una grieta. Como las que salen en una vieja taza de porcelana: corre fina, finísima, apenas visible, y un buen día la taza se te parte en dos en las manos.

En el libro, las palmas se leen a la luz de una lámpara. Palmy lee la tuya por una foto. Pruébalo