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El quiromante · Capítulo 2

La palma lisa

· 13 min de lectura

2 de marzo de 2020

En nuestra ciudad el insomnio no es cosa de la que avergonzarse, sino, por así decirlo, un asunto público. No duermen los vigilantes de la cochera de autobuses ni las operadoras de los taxis, no duermen las viejas de la Oktiábrskaya, que a las tres de la madrugada ya han repasado en la cabeza a todos los difuntos y a todas las nueras, no duerme la panadería de la calle del Mercado, desde donde a las cinco de la mañana llega a toda la Krivaya el olor a pan caliente, y no duerme, dicen, ni el propio presidente del ayuntamiento, porque tiene úlcera y una mujer joven. Así que si en nuestra ciudad a alguien se le ve la ventana encendida por la noche, los vecinos no se asustan, sino que a la mañana siguiente le dicen comprensivos: «¿Qué, tú tampoco pudiste dormir?», y le cuentan por qué no durmieron ellos, y contarlo pueden largo y tendido.

Kesha no durmió en toda la noche, y eso no era propio de él.

Por lo general dormía bien: con ese sueño profundo y sin sueños de la gente que no tiene ni mujer, ni hijos, ni deudas, ni jefes. Se acostaba a las once, se levantaba a las siete, y entre esas dos horas no le pasaba nada. El abuelo decía en su día que un quiromante no debe soñar: «Los sueños son palmas ajenas que se te meten sin permiso. Ya ves bastantes durante el día». Kesha entonces se reía, y después, cuando empezó a leer de verdad, comprendió que el abuelo, como siempre, tenía razón.

Pero aquella noche no se acostó en absoluto.

Estaba sentado a la mesa mirando la foto. Luego la pasó del teléfono al viejo portátil y la miró en la pantalla grande. La ampliaba, la reducía, giraba el brillo y el contraste, como hacía a veces cuando Grisha le traía una foto demasiado oscura. Activaba unos filtros que antes ni conocía. Y en todas partes, con todos los aumentos, con todos los filtros, la palma seguía lisa.

No era una mala foto. Kesha había visto miles de fotos malas: movidas, quemadas, hechas a contraluz de modo que la palma se convertía en una silueta negra, hechas tan de cerca que en el encuadre solo cabían dos dedos. Aquí todo estaba bien: la luz, el ángulo, el enfoque. Se veía cada poro de la piel. Se veía una pequeña cicatriz en la base del pulgar, vieja, blanca. Se veía que las uñas estaban limpias, cortas, algo azuladas en las lúnulas.

No había líneas.

A las cinco de la mañana Kesha comprendió que no podía seguir mirando, cerró el portátil, salió de detrás de la cortina y se sentó en la silla de los clientes. Se sentó y enseguida se levantó, porque recordó quién se había sentado en ella el último. Se quedó de pie en medio de la tienda. Miró la mesita.

Las ocho monedas seguían donde las habían dejado.

Se acercó y se inclinó sobre ellas, sin tocarlas. A la luz de la lámpara eran casi negras, como plata que lleva mucho tiempo sin limpiarse. Más grandes que las de ahora, una vez y media. En una cara se adivinaba algo parecido a un escudo o, quizá, a un rostro, pero tan gastado que no se distinguía. En la otra, unas letras alrededor, también gastadas. El borde de cada una era irregular, mellado, como si alguien hubiera estado royendo las monedas.

Kesha no las tocó. No habría sabido explicar por qué; sencillamente no quería. Como no se quiere coger con la mano un pájaro muerto, aunque se sepa que hace tiempo que ya no es peligroso.


Grisha llegó a las siete y media, como siempre, pero no estaba como siempre.

Normalmente entraba pisando fuerte por la escalera de hierro, saludaba en voz alta —«¡Buenos días, maestro!»— aunque el maestro estaba detrás de la cortina y no podía verle, e iba directo al cubo. Pero esta vez Grisha bajó en silencio, como a hurtadillas, estuvo un buen rato en el umbral mirando la silla de los clientes. Luego miró la mesita con las monedas. Luego dijo a media voz:

—Buenos días, maestro.

—Ven aquí —le llamó Kesha.

Grisha, tal como estaba, con la chaqueta puesta, pasó detrás de la cortina. Eso también era raro: detrás de la cortina solo pasaba con fotos o con pergaminos, por trabajo; sin motivo, nunca.

—Siéntate.

Grisha se sentó en el taburete que había junto a la pared. El taburete era pequeño, y las rodillas de Grisha le llegaban casi a la barbilla.

—Cuéntame.

—¿Qué le cuento, maestro?

—Todo. Desde el principio. Cómo llegó.

Y Grisha se lo contó. Lo contó mal, a trompicones, volviendo atrás todo el tiempo, confundiendo lo que pasó primero y lo que pasó después, pero Kesha no le metió prisa. Conocía a Grisha: si le metías prisa, se perdía del todo y se callaba.

Resultó lo siguiente.

No hubo pasos en la escalera. Eso Grisha lo recordaba ahora con firmeza.

El hombre era alto, con abrigo largo. Del sombrero, Grisha dijo primero que sí lo llevaba, luego que parece que no, y luego que no recordaba si lo llevaba o no, pero que podía imaginarse a aquel hombre con sombrero, y sin sombrero, no se sabe por qué, no.

La cara, normal. Ahí fue donde más sufrió Grisha. Kesha le preguntaba por los ojos, por la nariz, por la boca, por la edad, y a cada pregunta Grisha arrugaba la frente, abría la boca para contestar y la volvía a cerrar.

—Algo al menos —dijo Kesha—. Una sola cosa. ¿Iba afeitado o tenía barba?

—No lo sé —dijo Grisha, y de pronto puso una cara tan desgraciada que Kesha lamentó haberlo preguntado—. Maestro, lo miré. Seguro que lo miré. Siempre miro al cliente cuando hablo, usted mismo me lo mandó: mirar a la cara, solo un poco por encima de los ojos. Lo miré. Pero cuando intento recordarlo, ahí hay como… como una mancha. Como si alguien lo hubiera borrado con el dedo.

—Está bien —dijo Kesha—. ¿Y el nombre?

—No lo dijo.

—¿Se lo preguntaste?

—Se lo pregunté. —Grisha lo pensó—. O no. Siempre lo pregunto. Para el libro. Seguramente se lo pregunté. Pero no lo dijo.

—¿Qué dijo?

—«Al maestro». Y luego: «Que mire y vea lo que vea». Y luego: «Entonces, "El Día Principal"». Nada más.

—¿Y la mano? ¿Viste su mano con tus propios ojos? No en la foto, así, ¿la viste?

—La vi —dijo Grisha con seguridad—. Eso lo recuerdo bien. La llevé a la ventana, la giré. Una mano normal. Solo que blanca. Y fría: yo se la sujetaba mientras la giraba. Como sacada de la nevera. Pero tenía líneas, maestro. Las tenía. Me habría dado cuenta. No soy tan tonto.

—No eres tonto —dijo Kesha—. Lo sé.

Grisha lo miró con agradecimiento.

—A lo mejor es… —empezó Grisha—. ¿A lo mejor es un mago? Hay magos así, lo vi en internet. Se untan la mano con algo, y…

—A lo mejor —dijo Kesha.

Pero sabía que no era ningún mago. No habría sabido explicar cómo lo sabía; simplemente lo sabía, igual que sabía siempre, mirando una foto, que este hombre dentro de dos semanas se pelearía con su hermano y que esta mujer el día veintitrés encontraría un monedero en la calle. Ese saber no venía de la cabeza, sino de algún lugar debajo de las costillas; era pesado y denso, como una piedra, y discutir con él era inútil.


—El dinero —dijo Kesha.

Grisha miró hacia la cortina, tras la cual estaba la mesita con las monedas.

—¿Viste cómo las dejaba?

—No. Yo estaba detrás de la cortina. Con usted.

—Y cuando saliste, ya estaban ahí.

—Estaban.

—¿Ocho?

—Ocho. Las conté. Después. Cuando usted dijo que no las tocara, no las toqué. Solo las conté.

Kesha asintió.

—¿Habías visto monedas así antes?

—No —dijo Grisha. Luego lo pensó—. Aunque… Mi abuela, la madre de mi madre, tenía una cajita. Ahí guardaba botones y cosas. Y había una moneda así. Grande, oscura. La abuela decía que era para la suerte. Yo era pequeño, quise cogerla para jugar, y la abuela me dio en la mano. Me dijo: «No la toques, no es nuestra».

—¿Qué significa «no es nuestra»?

—No lo sé. Eso dijo. —Grisha se encogió de hombros—. La abuela decía muchas cosas. Murió cuando yo tenía seis años.

Kesha guardó silencio.

—Está bien —dijo por fin—. Ve a fregar el suelo. Abrimos como siempre.

—¿Y con esto qué? —Grisha señaló con la cabeza el portátil, en el que, Kesha lo sabía, seguía abierta la foto—. ¿Le va a escribir? Ha pagado. Ocho platas. «El Día Principal».

Y entonces Kesha se dio cuenta de que no sabía qué responder.

En los siete años que llevaba con la tienda —y leía, como quien dice, todos los días, cinco palmas, casi sin descanso, salvo aquellas dos semanas del año antepasado en que estuvo en cama con neumonía—, pues bien, en todos esos siete años no había habido un solo caso en que no escribiera. A veces la foto era mala, y entonces Grisha la repetía. A veces el mes de una persona estaba vacío, no iba a pasar nada en él, y entonces Kesha escribía eso mismo: «Mes tranquilo. No espere nada». A veces en una palma había algo de lo que más valía no hablar, y entonces Kesha escribía con cuidado, con rodeos, para que la persona entendiera exactamente lo que podía soportar.

Pero no escribir nada, eso no había pasado nunca.

—No lo sé —dijo—. Vete.

Grisha se fue. Al minuto, detrás de la cortina retumbó el cubo y chapoteó el trapo.

Kesha cogió un pergamino en blanco, lo desenrolló y sujetó las esquinas: con dos pesas de bronce, el tintero y la lupa. Mojó la pluma. Miró la pantalla.

«El Día Principal», escribió arriba, como siempre. Era el encabezamiento; después había que escribir una fecha y debajo lo que pasaría ese día y qué hacer.

No escribió nada más.

Estuvo sentado ante el pergamino quizá media hora. La tinta se secó en la pluma y la volvió a mojar. Y otra vez. Grisha, detrás de la cortina, terminó de fregar, quitó el polvo, puso la tetera, se tomó un té, lavó la taza. Y Kesha seguía sentado, y la pluma seguía suspendida sobre el pergamino sin bajar.

En la palma sin líneas no había ni un solo día. Ni principal ni secundario. Ninguno. El mes de aquel hombre estaba vacío: no como está vacío un mes tranquilo, en el que no pasa nada, sino del todo, por completo, como está vacío un pozo sin agua. En un mes tranquilo la vida sigue fluyendo, solo que de forma pareja, sin salpicaduras; se ve como se ve la corriente en un río en calma. Aquí no había río. Aquí había fondo. Seco.

Así pasa, pensó Kesha, con los muertos.

Recordó que una vez, hace mucho, todavía en tiempos del abuelo, les trajeron la foto de la palma de un hombre que murió tres días después. El abuelo la miró largo rato y luego dijo: «¿Ves, nietecito, cómo se corta? Hay tres días, y luego, como con un cuchillo». Y Kesha lo vio: el mes estaba, estaba, y luego se cortaba. Pero se cortaba, mientras que aquí no empezaba nada.

Kesha dejó la pluma, enrolló el pergamino vacío y lo metió en el cajón de la mesa.


El día transcurrió como siempre, es decir, hubo cinco clientes, y Kesha leyó a los cinco, y en ninguna palma había nada especial. Una chica se encontraría el día veinte con una vieja amiga. Un hombre perdería el trabajo, pero no se disgustaría, porque encontraría otro mejor. Un jubilado pasaría marzo tranquilo, solo que el ocho no debía ir al mercado. La quinta fue una señora con estola de zorro que no venía por ella sino por su marido, y estuvo un buen rato explicándole a Grisha que el marido no podía venir porque no creía en estas cosas, pero que había dejado que le fotografiaran la palma —dormido: ella la había fotografiado mientras roncaba—, y Grisha, tras pensarlo, dijo que dormido valía, que en las instrucciones no había nada sobre dormir. Kesha leyó también la palma del marido: en marzo se compraría la barca con la que llevaba veinte años soñando, y a la mujer no le haría ninguna gracia. Kesha escribía deprisa, como siempre, y como siempre que escribía no pensaba en nada más.

Pero por la tarde, cuando Grisha se fue y Kesha se quedó solo, volvió a abrir el portátil.

No sabía para qué. Ya había mirado, al parecer, todo lo que se podía mirar. Pero algo le atraía, como atrae a quien sabe que en la habitación de al lado hay un difunto volver a asomarse a la puerta.

Fuera aullaba el viento, el mismo de ayer, y la chapa de la torre golpeaba ya sin parar. La lámpara de la mesa ardía con luz pareja. El té se había enfriado. En algún sitio detrás de la pared, en el sótano de al lado, goteaba agua: Kesha lo oía todas las noches y hacía tiempo que se había acostumbrado.

Miró la foto.

Una palma ancha y pálida. Dedos largos. Una cicatriz blanca en la base del pulgar. Lúnulas azuladas en las uñas.

Y una línea.

Al principio Kesha no entendió lo que veía. Parpadeó. Acercó la cara a la pantalla. Amplió la imagen.

La línea era fina como un cabello y pálida, apenas visible, pero estaba. Empezaba en el borde de la palma, bajo el meñique, donde en las personas empieza la línea del corazón, y atravesaba la palma —no recta, como debe ser, sino en diagonal, hacia abajo, hacia la muñeca— y se cortaba a la mitad. Como si alguien hubiera empezado a trazarla con la pluma y lo hubiera dejado.

Por la mañana no estaba. Kesha estaba tan seguro de ello como de que se llamaba Inokenti. Había mirado esa foto toda la noche, había ampliado cada centímetro, y allí no había ninguna línea.

Y ahora estaba.

Kesha la miraba, y le parecía —aunque, claro, no podía ser, era solo que tenía los ojos cansados—, le parecía que se había alargado un poquito, un pelo, el grosor de un trazo de pluma, mientras la miraba.

Cerró el portátil.

En la tienda había silencio. Al otro lado de la cortina, junto a la puerta, sobre la mesita, había ocho monedas negras. Y en el sótano de al lado el agua goteaba y goteaba, y a Kesha se le ocurrió de pronto que nunca se había preguntado qué había allí, en ese sótano de al lado, y si había agua, y si había siquiera sótano.

Apagó la lámpara y se acostó sin desvestirse, y se quedó tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos hasta la mañana.

En el libro, las palmas se leen a la luz de una lámpara. Palmy lee la tuya por una foto. Pruébalo