El dicho
10 de marzo de 2020
Por las mañanas en nuestra ciudad canta mucha gente, aunque pocos lo reconocen: canta la lechera Zina mientras coloca el requesón en el mercado, canta el conductor de la marshrutka número siete si no va nadie de la dirección, canta, dicen, hasta un cirujano del hospital provincial mientras se lava las manos antes de operar, y Nina Timoshenko, la madre de Grisha, asegura que por la canción siempre sabe cómo acabará: si es «Ay, helada, helada», el paciente vivirá; si es algo de la Pugachova, mejor ponerse a rezar. Por la mañana Grisha fregaba el suelo y cantaba.
Cantaba mal —fuerte, desafinando, confundiendo la letra— una canción de esas que ponen en la radio de las marshrutkas, de amor y de que «tú no eres como las demás». El cubo retumbaba, el trapo chapoteaba, Grisha cantaba, y todo eso hacía la tienda tan corriente, tan de mañana, que Kesha, al salir del cuarto del fondo, dudó un segundo: ¿había pasado de verdad? ¿Lo habría soñado? ¿Habría oído él mismo en sueños la voz del abuelo, de tanto pensar toda la tarde en el abuelo, en Grigori, en el cuaderno de la palma de cobre?
Pero sabía que no lo había soñado. Había pasado la noche hasta la mañana con las palmas bajo la mejilla, y la mejilla todavía recordaba su calor.
—¡Buenos días, maestro! —gritó Grisha al verle por la rendija de la cortina—. ¡Vaya nevada! ¡Hasta la rodilla! Las marshrutkas ya funcionan, le he escrito a mi madre. Y quedan pelmeni, ¿se los cuezo?
—No hace falta —dijo Kesha—. Grisha. ¿Cómo has dormido?
—Bien —se extrañó Grisha—. Como un tronco. ¿Por?
—¿No soñaste nada?
Grisha se enderezó con el trapo en la mano y se puso a pensar tan a fondo como si no le hubieran preguntado por un sueño sino por la tabla del nueve.
—Qué va —dijo—. Yo nunca sueño nada. Mi madre dice que es porque tengo la cabeza hueca. —Se rió, sin ofenderse lo más mínimo—. ¿Qué, roncaba? Mi madre dice que no ronco.
—No roncabas —dijo Kesha—. Hablabas.
—¡Anda ya! —Grisha abrió mucho los ojos—. ¿Y qué decía?
Kesha lo miraba —su cara sencilla, ancha, que no escondía nada, las orejas despegadas, el trapo en la mano del que goteaba agua sobre las losas recién fregadas— y comprendía que Grisha no se acordaba. No fingía. De verdad no se acordaba. Grisha no sabía fingir en absoluto; cuando mentía —y mentía una vez cada seis meses, por las cosas más tontas—, se le ponían rojas las orejas, y se notaba desde la otra punta de la calle.
Ahora las orejas estaban normales.
—Tonterías —dijo Kesha—. Llamabas a tu madre.
—Ah —dijo Grisha, tranquilizado—. Eso pasa. —Y volvió a inclinarse sobre el cubo.
Kesha volvió detrás de la cortina y se sentó a la mesa. Se quedó un rato sentado. Luego decidió: comprobarlo.
No sabía qué exactamente. Pero si de noche en Grisha hablaba el abuelo —no Grisha, no el sueño de Grisha, sino el abuelo—, algo del abuelo debía de quedar también de día. Algo, lo que fuera. Como queda el olor a tabaco en los rincones de la tienda doce años después.
—Grisha —llamó—. Ven aquí.
Grisha entró, secándose las manos en la bata.
—Siéntate.
Grisha se sentó en el taburete junto a la pared.
—Te voy a decir unas palabras —dijo Kesha—. Y tú dime qué significan. Si lo sabes. Si no, dímelo.
—¿Como en el colegio? —se animó Grisha—. ¿Un dictado?
—Algo así.
—Venga.
Kesha lo pensó. El abuelo decía muchas palabras que Kesha no entendía, aquellas cantarinas, de pueblo. Kesha había retenido algunas, porque se repetían a menudo, y una vez, ya de mayor, buscó en un diccionario qué significaban. Esa habla, por cierto, no es ninguna rareza en nuestra ciudad: media ciudad vino en su día de los pueblos, unos de la región de Poltava, otros de la de Chernígov, otros de Dios sabe dónde, y una de cada dos viejas del mercado dice buriak en vez de remolacha, tsybulia en vez de cebolla y «oi, lýshenko» cuando le quitan un cliente. Pero los jóvenes ya no la hablan, y Grisha menos que nadie: hablaba hasta el ruso, en palabras de su profesora de literatura, «como si tradujera del inglés». Kesha empezó por lo más fácil.
—Jata —dijo.
—Casa —dijo Grisha—. Bueno, de pueblo. Eso lo sabe todo el mundo.
—Rushnyk.
—Una toalla —dijo Grisha, no muy seguro—. De esas bordadas. Mi abuela tenía una.
Eso también lo sabía mucha gente, seguramente. Kesha lo pensó y eligió una palabra más difícil, una de las que el abuelo decía cuando se enfadaba con Kesha por desobediente.
—Shybenyk.
Grisha frunció la frente.
—No lo sé —dijo—. ¿Es una palabrota? Suena a palabrota.
—Una palabrota —dijo Kesha. «Carne de horca», eso significaba. El abuelo lo decía sin maldad, casi con cariño: «Ay, shybenyk», cuando Kesha rompía una taza o se manchaba la camisa.
—Mriia —dijo Kesha.
—No lo sé.
—Nejai.
—No lo sé. —Grisha sonrió avergonzado—. ¿En qué idioma es? ¿Ucraniano? Yo ucraniano no sé. En el colegio solo teníamos inglés. Y tampoco lo sé.
Kesha guardó silencio, y luego, despacio, mirando a Grisha a la cara, dijo aquello para lo que había montado todo:
—«Las manitas bajo la mejilla».
Grisha lo miró perplejo.
—Pues… —dijo—, ¿eso es cuando te vas a dormir? ¿Como los pequeños? —Puso las palmas juntas bajo la mejilla e inclinó la cabeza, enseñándolo—. ¿Así?
—Así —dijo Kesha—. ¿Y luego?
—¿Luego qué?
—¿Cómo sigue? «Las manitas bajo la mejilla…».
Grisha lo pensó. Con honradez, con esmero, frunciendo la frente y mirando al techo.
—No lo sé —dijo—. ¿«…y a dormir»? ¿«…y a la camita»? Mi madre no me decía eso. Mi madre decía: «Cierra los ojos, que viene el coco». —Se rió—. ¡No sabe el miedo que le tenía yo al coco! ¿Por qué, maestro, tenía que saber cómo sigue?
—No —dijo Kesha—. No hacía falta. Vete.
Grisha se fue, todavía desconcertado, y volvió a hacer ruido con el cubo, y al minuto desde detrás de la cortina volvió a llegar lo de la que «no es como las demás», solo que más bajo y, al parecer, con otra letra: Grisha, por lo visto, se había quedado pensativo e iba inventando sobre la marcha.
Kesha estaba sentado a la mesa mirándose las manos.
Grisha no lo sabía. No recordaba, no entendía, no reconocía ni las palabras ni el dicho. De día el abuelo no estaba en él, o estaba tan hondo que no se le podía alcanzar. De día Grisha era Grisha: dieciséis años, orejas despegadas, cabeza hueca, el coco.
¿Y de noche?
Kesha recordó lo que había intentado no pensar en todo el día. La regla del abuelo: «Al que duerme bajo el mismo techo que tú, no lo leas. Ni a la mujer, ni al hijo, ni al arrimado».
Grisha dormía bajo ese techo. No todas las noches, pero dormía. Hoy había dormido. Y si Kesha quería saber qué le pasaba a Grisha —saber de verdad qué había dentro de él, quién hablaba en él de noche con la voz del abuelo—, le bastaba con pedirle: «Grisha, hazte una foto de la palma». Y Grisha se la haría. No preguntaría para qué. Ni se le ocurriría preguntarlo.
Y Kesha miraría.
Y quizá vería.
Estaba sentado pensándolo, y cuanto más lo pensaba, más ganas tenía, y más miedo le daba. Como cuando estás en el borde de un tejado y sabes que no saltarás, que por nada del mundo saltarás, y aun así los pies tiran hacia delante.
El abuelo nunca prohibía nada porque sí. Kesha lo había entendido ya de niño. «No mires más allá de un mes»: Kesha una vez, a los trece años o así, lo probó a escondidas —miró en una palma ajena dos meses por delante— y luego estuvo tres días sin poder levantarse de la cama; vomitaba, y todo le daba vueltas ante los ojos como después de un tiovivo. El abuelo entonces no dijo nada, solo le miró de tal manera que a Kesha le dieron ganas de que se lo tragara el suelo. «No más de cinco al día»: Kesha una vez, el primer año después de reabrir la tienda, cuando se quedó sin un céntimo, leyó a ocho, y durante una semana no vio nada, en ninguna palma, como si se hubiera quedado ciego. Se asustó tanto que no volvió a probar nunca.
Así que esta regla tampoco era porque sí. Así que si se lee al que duerme bajo el mismo techo, algo pasará. Algo malo. Para Kesha y, quizá, para aquel a quien lee.
No, decidió. No.
El día transcurrió como siempre, salvo que la primera clienta, una dependienta sonrosada de la panadería, le trajo a Grisha una rosca «por la nevada de ayer» —en plena ventisca Grisha le había despejado los escalones de la tienda al ir a por pelmeni, y ni se había dado cuenta de que hacía una buena obra—, y Grisha se azoró tanto que le fotografió la mano equivocada y hubo que repetir. Cinco clientes, uno con mancha. El séptimo. Una señora mayor, maestra jubilada, «Los tuyos y los ajenos». Kesha le escribió lo mismo que a los demás: «El veintidós no salga. No conteste si la llaman».
Por la tarde, cuando Grisha se preparaba para irse —las marshrutkas funcionaban, habían quitado la nieve—, se entretuvo junto a la puerta, dio vueltas al gorro entre las manos y dijo:
—Maestro. He estado pensando.
—¿Qué?
—Usted siempre mira lo de todo el mundo. Lo de los clientes. Pero lo mío nunca lo ha mirado. —Grisha hablaba con apuro, mirando al suelo—. Y he pensado. A lo mejor usted quiere que haga mejor las fotos. Porque yo hago fotos y más fotos, y no sé cómo salen. Si bien o mal. Eso.
Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó algo y lo dejó en el borde de la mesita de los clientes, del lado donde no estaban las monedas negras. Kesha no vio qué: desde detrás de la cortina no se veía.
—La he imprimido —dijo Grisha—. En el quiosco de la fotocopiadora. Mi mano. La hice yo mismo, con el teléfono, esta mañana, mientras usted dormía. Luz de lado, todo como debe ser. De muestra. Para que vea si hago bien las fotos o no. No vaya a ser que las haga mal y usted no me lo diga para no ofenderme.
Quiosco con fotocopiadora aquí solo hay uno, junto a correos, y lo lleva la tía Raya, que es sorda, que imprime de todo —certificados, fotos para lápidas, trabajos de clase, invitaciones de boda— y no lee nada, porque por principio no se pone gafas; por eso por su quiosco pasan todos los secretos de la ciudad, y todos siguen siendo secretos.
Se quedó un segundo más.
—Bueno, me voy. Hasta mañana, maestro.
—Hasta mañana —dijo Kesha.
La escalera retumbó. Arriba se cerró de golpe la puerta del portal.
Kesha estaba sentado a la mesa mirando la cortina verde. Al otro lado, en la mesita junto a la puerta, al lado de las ocho monedas negras y de las tres platas de Tamara Petrovna, estaba la foto de la palma de Grisha. Impresa en el quiosco con una impresora mala. Bien hecha: luz de lado, toda la mano en el encuadre, los dedos un poco separados.
Kesha no quería mirarla.
Tenía muchísimas ganas de mirarla.
Se levantó, salió de detrás de la cortina y se acercó a la mesita.
La foto estaba boca arriba: una hoja de papel corriente, un poco arrugada en una esquina, por donde Grisha la había llevado en el bolsillo. Kesha no la miró. Miraba a propósito a otro lado, a la pared, a la puerta, a la caja de pañuelos «para los emotivos», y con la mano buscó a tientas la hoja sobre la mesita. El papel estaba caliente. Grisha debía de haberlo llevado en el bolsillo todo el día.
Sin mirar, Kesha le dio la vuelta.
Boca abajo. La cara blanca hacia arriba. En la cara blanca no había nada: solo se transparentaban levemente a través del papel unos contornos oscuros —dedos, una muñeca—, y Kesha apartó la vista también de ellos.
Luego cogió de la mesa uno de sus libros de cuentas —uno pesado, encuadernado en tela, del año dos mil quince—, lo puso encima, apretó y lo dejó así.
Y se fue detrás de la cortina, y se sentó, y estuvo mucho rato sentado sin encender la lámpara, a oscuras, escuchando cómo detrás de la pared, en el sótano de al lado, volvía a gotear el agua, por primera vez en dos días.
En el libro, las palmas se leen a la luz de una lámpara. Palmy lee la tuya por una foto. Pruébalo