«¿Está Grigori en casa?»
9 de marzo de 2020
El lunes Grisha llegó con una idea.
Las ideas le venían a Grisha pocas veces, y cada vez se notaba desde lejos: bajaba la escalera no como de costumbre, sino más despacio, y llevaba la cara concentrada, como si cargara en la cabeza una olla llena hasta el borde y temiera derramarla. Así entró en la tienda, colgó la chaqueta del clavo y, sin coger el cubo, dijo hacia la cortina:
—Maestro. ¿Y si soy yo, después de todo?
—¿Si eres tú qué? —preguntó Kesha, aunque entendió enseguida a qué se refería.
—Pues él. El del abrigo. ¿Y si me busca a mí, después de todo? —Grisha hablaba deprisa, apresurándose a soltarlo todo antes de olvidarlo—. Preguntó: «¿Está Grigori en casa?». Y aquí estoy yo. Yo soy Grigori. Y lo de que dijo «otro», a lo mejor me confundió con alguien. A lo mejor creía que yo era mayor. O más bajo. O… no sé. Pero en realidad soy yo. A lo mejor tiene algún asunto para mí.
—¿Qué asunto puede tener contigo?
Grisha lo pensó.
—Una herencia —dijo.
Detrás de la cortina, Kesha cerró los ojos.
—¿Y qué? —Grisha pareció ofenderse—. Pasa. Lo leí en internet. Viene uno así, con abrigo, y dice: su tío abuelo segundo de América ha muerto y le ha dejado un millón. Y usted ni sabía que tenía un abuelo en América. Y estas monedas —señaló con la cabeza la mesita— a lo mejor son… una señal.
—Grisha —dijo Kesha—. Friega el suelo.
—Ya friego —dijo Grisha. Pero, llenando el cubo, todavía murmuraba para sí—: Pues pasa…
Kesha no le explicó nada. ¿Y qué iba a explicarle? ¿Que el hombre del abrigo no había venido por Grisha sino por el abuelo? Grisha preguntaría: ¿por qué abuelo? ¿Por el suyo? Pero si ha muerto. Y Kesha diría: sí, ha muerto. Y Grisha preguntaría: ¿y entonces para qué ha venido? Y Kesha no sabría qué responder.
No lo sabía. Solo lo sentía, y lo que sentía no servía para explicaciones.
Trabajó todo el día —cinco clientes, como debía ser— y entre cliente y cliente se acercaba a la ventana y miraba la torre. Junto a la torre no había nadie. Solo un cuervo —quizá el mismo de ayer, quizá otro— posado en la cornisa, que también, le parecía a Kesha, miraba hacia abajo, a la ventana de la tienda.
Uno de los cinco tenía el veintidós inundado por una mancha. Un chico joven, taxista, «Monedero». Kesha le escribió «Cuidado»: lo añadió en el mismo pergamino, con letra pequeña, abajo: «El veintidós no salga a trabajar. Quédese en casa. No conteste si le llaman por su nombre». El taxista lo leyó, resopló, se metió el pergamino en el bolsillo y se fue en su coche: Kesha le oyó acelerar arriba, junto al portal.
Seis. Seis con mancha.
El tiempo en marzo se comporta aquí como una nuera caprichosa que primero acepta todo y luego, de repente, sin motivo alguno, da un portazo: una semana gotea de los tejados, en los patios asoma de debajo de la nieve la basura del año pasado, los gatos maúllan sobre los cobertizos, las viejas se quitan las botas de fieltro y se ponen los chanclos, y de pronto en una sola noche todo queda enterrado, de modo que por la mañana el tío Pasha, el portero, sale con la pala, mira los montones de nieve, dice algo que no se puede poner en un libro y se vuelve a casa. En la radio, esos días, anuncian que «la situación en las carreteras de la provincia es complicada», pero aquí lo decimos más sencillo: «otra vez».
Por la tarde empezó a nevar a lo bestia. No nieve de marzo, húmeda y perezosa, sino de verdad, invernal, espesa, pesada, como si el invierno, que ya casi se había ido, hubiera vuelto de pronto a buscar algo que se le había olvidado. Nevaba y nevaba, y a las seis la Krivaya había desaparecido bajo lo blanco, y los coches de arriba patinaban rugiendo, y las farolas estaban hundidas en la nieve como en leche.
Grisha, preparándose para irse a casa, miró el teléfono y dijo:
—No hay marshrutkas.
—¿Ninguna?
—Pone que en la circunvalación norte un camión se ha salido a la cuneta y lo han cortado todo. Hasta mañana.
—¿Un taxi?
—Ocho platas hasta mi casa. —Grisha se rascó la oreja, avergonzado—. Es como «El Día Principal».
Kesha guardó silencio.
—¿Y tu madre?
—Mi madre está de turno —dijo Grisha—. Es auxiliar de clínica en el hospital provincial. Hoy le toca de noche. Le da igual dónde esté yo. —Lo pensó—. Bueno, no le da igual, claro. Pero no está en casa.
Kesha entendía adónde iba aquello y no le gustaba. Grisha a veces se quedaba a dormir en la tienda: tres veces, quizá cuatro, en medio año: cuando se entretenía hasta tarde con la limpieza, cuando ya no había marshrutkas, cuando su madre estaba de turno. Montaba el catre plegable junto a la pared, detrás de la mesita de los clientes, se tapaba con su chaqueta y dormía como un tronco hasta la mañana, y por la mañana, al rayar el alba, se levantaba y fregaba el suelo. Kesha no se oponía: Grisha no molestaba —dormía en silencio, no roncaba, no tocaba nada—, y por la mañana la tienda recibía al maestro con un suelo tan limpio que casi podías verte reflejado en él, y olía a jabón de lavar y al té que Grisha tenía hecho a las siete.
Pero hoy a Kesha no le apetecía. Ni él sabía por qué. Quizá porque Grisha era Grigori. Quizá porque junto a la torre había estado todo el día un hombre que preguntaba por Grigori. Quizá por la regla del abuelo, que en los últimos días no dejaba de darle vueltas en la cabeza: «Al que duerme bajo el mismo techo que tú, no lo leas».
Pero echar a Grisha a la ventisca, a la noche, a la circunvalación cortada, eso Kesha no podía hacerlo.
—Monta el catre —dijo.
Una noche en la tienda era para Grisha un acontecimiento casi festivo, como una acampada con noche al raso, con la que, según se supo luego, había soñado toda su infancia y a la que nunca le habían llevado, porque a las acampadas se llevaba a los que sabían montar la tienda de campaña, y Grisha solo sabía fregar suelos. Desplegaba el catre con la solemnidad con que otros despliegan un solitario, le metía cartones bajo las patas para que no chirriara y extendía encima su chaqueta con tanto cuidado como si no fuera una chaqueta sino una sábana de hotel.
La tarde pasó tranquila. Grisha montó el catre, subió al quiosco de veinticuatro horas a por pelmeni, los coció en el hornillo de Kesha, en el cuarto del fondo, y le llevó a Kesha un plato detrás de la cortina, con nata agria, como le gustaba a Kesha. Él comió en la mesita de los clientes, en el taburete, y después de comer se quedó mucho rato mirando la nieve por la ventana.
—Maestro —dijo a través de la cortina—, ¿y a usted por qué le pusieron Kesha?
Kesha levantó la cabeza del libro.
—No lo sé. Lo querría mi padre, supongo. O mi madre. No me acuerdo de ellos.
—Ah —dijo Grisha—. A mí me lo puso mi madre. Le pregunté por qué Grisha. Dice que por nada. Que le apeteció. —Calló un momento—. Solo que lo dice de una manera rara. Como si no fuera por nada.
—¿Rara cómo?
—Pues —Grisha buscó las palabras—, ya sabe cómo se dice cuando no se quiere decir. «Por nada». Y mira para otro lado. Y luego enseguida: «Anda, Grisha, saca la basura». —Se encogió de hombros—. Así que ya no le pregunto.
Kesha miraba la cortina, tras la cual estaba sentado Grisha, y no decía nada.
—Bueno, buenas noches, maestro —dijo Grisha.
—Buenas noches.
Grisha se acostó. El catre crujió bajo él y se calló. A los cinco minutos —Kesha lo oía— su respiración se hizo pareja y profunda, como la de quien se ha dormido enseguida y profundamente, sin sueños.
Kesha no se acostó. Estaba sentado a la mesa, bajo la lámpara verde, con un libro que no leía. Fuera nevaba y nevaba. La chapa de la torre no golpeaba: la nieve debía de haberla cubierto. Hasta el goteo de detrás de la pared, en el sótano de al lado, apenas se oía hoy, como si allí también se hubiera congelado todo.
Había un silencio como Kesha no recordaba. Denso, algodonoso, como la nieve de fuera.
Hacia la una de la madrugada apagó la lámpara y se fue al cuarto del fondo. Se tumbó en la cama sin desvestirse —en las últimas noches, no se sabe por qué, había dejado de desvestirse— y se quedó mirando la oscuridad.
El baúl del abuelo estaba a la cabecera. Kesha había vuelto a meter en él todo lo que había sacado —la ropa, la pipa, la foto—, salvo el cuaderno. El cuaderno estaba en el estante sobre la cama, y Kesha lo sentía allí, en la oscuridad, como se siente la mirada de alguien.
No recordaba haberse dormido. Debió de dormirse, sin embargo, porque después se despertó.
Sobre los que hablan en sueños tenemos aquí toda una ciencia, que las abuelas transmiten a las nietas junto con la receta de la gelatina de carne. Al que habla en sueños no hay que despertarlo, porque el alma no tendrá tiempo de volver; no hay que contestarle, porque no será él quien hable contigo; y si quieres saber con quién sueña, tienes que cogerle el meñique de la mano izquierda y preguntarle en un susurro: entonces dirá la verdad. La abuela Tosia de la Oktiábrskaya aseguraba que así se había enterado de lo de la amante de su marido, pero para entonces ya llevaba unos diez años sin marido, así que no hacía falta creerla. Kesha no conocía esa ciencia y se enteró de ella mucho después; aquella noche simplemente estaba tumbado y escuchaba.
Se despertó porque alguien hablaba.
La voz venía de la tienda, de detrás de la puerta del cuarto, de detrás de la cortina verde. Baja, murmurante, adormilada. Kesha se quedó tumbado sin moverse, escuchando.
Era Grisha. Grisha hablaba en sueños.
Kesha había oído antes a gente hablar en sueños: en el hospital donde estuvo con neumonía, el vecino de cama llamaba toda la noche a alguien, a una tal Liuda. Era ininteligible, quejumbroso, y Kesha se pasó entonces media noche en vela. Grisha murmuraba igual —ininteligible, a retazos—, y al principio Kesha no lograba entender ni una palabra. Luego empezó a distinguir algunas: «…mamá…», «…pero si le digo…», «…no hace falta…».
Luego Grisha se calló. Kesha ya pensaba que se había acabado, y entonces la voz volvió a sonar.
Solo que ahora era otra voz.
No: la voz era la de Grisha, la suya, quebrada, de muchacho. Pero no hablaba igual. No como habla Grisha —deprisa, atropellándose, con sus «pues» y sus «o sea»—. Hablaba despacio. Arrastrando las palabras. Cantarín. Con vocales largas, con una «g» suave, casi una «h», que Grisha no había tenido nunca, como hablan en algún sitio lejano del sur, en los pueblos, los viejos.
Y Kesha entendió las palabras. Todas, una por una.
—Duerme, nietecito —dijo la voz de Grisha en la oscuridad—. Las manitas bajo la mejilla. Shchob nijtó ne pidhliadiv, para que nadie espíe.
Kesha dejó de respirar.
Conocía esas palabras. Las había oído todas las noches, todas las noches de su infancia, hasta los diez años más o menos, hasta que empezó a considerarse demasiado mayor para que lo acostaran. El abuelo se sentaba en el borde de la cama, grande, cálido, oliendo a tabaco, le ponía su mano enorme en la cabeza y decía: «Duerme, nietecito. Las manitas bajo la mejilla. Shchob nijtó ne pidhliadiv». Y Kesha, al dormirse, metía las palmas bajo la mejilla, las escondía, para que nadie espiara.
Nadie más lo sabía. Nadie. El abuelo se lo decía solo a él, solo de noche, solo en esa habitación, y Kesha nunca, ni una sola vez en su vida, se lo había contado a nadie. No tenía a quién contárselo.
Y Grisha —Grisha, que había nacido cuatro años antes de la muerte del abuelo y nunca le había visto la cara—, Grisha acababa de decirlo. Con las palabras del abuelo. Con el acento del abuelo. Con la voz lenta y arrastrada del abuelo, a través de la cual, como a través de un cristal empañado, asomaba la suya, de muchacho.
En la tienda se hizo el silencio.
Kesha seguía tumbado en la oscuridad y no podía moverse. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se oiría en el sótano de al lado. Seguía tumbado y esperaba —otra palabra, otro sonido—, y no había nada. Solo la respiración pareja y profunda de una persona dormida tras la cortina.
Y entonces Kesha —sin pensar, sin entender lo que hacía—, despacio, como de niño, metió las dos palmas bajo la mejilla.
Y así se quedó hasta la mañana.
En el libro, las palmas se leen a la luz de una lámpara. Palmy lee la tuya por una foto. Pruébalo