El hombre negro
7–8 de marzo de 2020
No tenía cara.
Kesha intentó después muchas veces explicárselo con palabras, como explicaba las cosas a los clientes en los pergaminos, y no encontró las palabras. No tenía cara no como no la tiene una persona que está de espaldas, o en la oscuridad, o lejos: la cabeza estaba ahí, y estaba vuelta hacia Kesha, pero donde las personas tienen la cara aquello era liso, pálido y uniforme, como la palma de la foto: ni ojos, ni boca, ni nariz, ni cejas, ni arrugas, ni un solo pliegue, como si alguien hubiera modelado la cabeza en cera y se hubiera olvidado de terminarla. Y sin embargo la figura miraba; Kesha lo sentía con toda la piel: sin ojos, pero miraba. Y luego dio un paso adelante, un solo paso sobre la superficie negra, y la tinta bajo sus pies no se agitó ni hizo círculos, como si no caminara sobre ella sino por encima: un paso hacia el umbral en el que estaba Kesha.
Kesha se echó atrás con tal brusquedad que la silla se volcó bajo él, y cayó al suelo, dándose un buen golpe en el codo, y durante unos segundos se quedó tumbado mirando el techo abovedado, por el que flotaban círculos verdes de la lámpara, sin entender dónde estaba. Luego lo entendió: la tienda, la mesa, la silla, el suelo. «¿Maestro? —se asomó Grisha tras la cortina—. Maestro, ¿qué le pasa?». Nada, dijo Kesha, se ha caído la silla. Grisha lo miraba con los ojos redondos, y Kesha, levantándose, le dijo que fuera con ella: ahora mismo escribía.
Grisha se fue, y Kesha levantó la silla y se sentó, y le temblaban las manos. Miró la pantalla apagada del teléfono y no la encendió, sino que cogió un pergamino limpio —el anterior, el de «Trabajo», tenía un borrón de la pluma, y a Kesha no le gustaba entregar pergaminos con borrones— y empezó de nuevo:
«Trabajo. Marzo. La ascenderán. Pero no este mes: en abril. El jefe no la engaña, espera una decisión de arriba. Tenga paciencia».
Luego cogió un segundo pergamino:
«Cuidado. Marzo. El quince, junto al portal, mire dónde pisa. El veintidós no salga de casa. En todo el día. No abra la puerta a nadie a quien no espere. Si la llaman por su nombre desde la calle, no conteste».
Releyó la última línea y no recordaba haberla escrito: la mano la había escrito sola, como a veces pasaba cuando veía algo con claridad pero aún no tenía las palabras en la cabeza. Pero ¿de dónde salía «la llaman por su nombre»? Eso no lo había visto, o lo había visto sin entender lo que veía. Enrolló los dos pergaminos, los ató con hilo y se los dio a Grisha.
Oksana leyó el primero y se alegró, leyó el segundo y se rió: ¿el veintidós? Pero si es domingo: se pasa el día en casa de todos modos con este —señaló con la cabeza el cochecito—, ¿adónde va a ir? El maestro escribe las cosas como son, dijo Grisha. «Si la llaman por su nombre, no conteste», leyó Oksana en voz alta y volvió a reír: ¿y quién la va a llamar, la suegra? Pues a la suegra no contestarle, eso lo hace con mucho gusto.
—El maestro escribe las cosas como son —repitió Grisha, porque no sabía qué otra cosa decir.
Oksana dio las gracias por el regalo y le mandó al maestro felicitaciones por la fiesta, y luego preguntó si el maestro era hombre o mujer. Hombre, dijo Grisha. «Bueno, pues felicidades atrasadas por el veintitrés de febrero, el día del hombre», dijo Oksana, volvió a reír, dio la vuelta al cochecito y empezó a subirlo por la escalera, y Grisha se lanzó a ayudarla. Kesha oía su risa desde detrás de la cortina, y no se sabe por qué esa risa le hizo sentirse peor que la figura de la mancha.
De las predicciones, por cierto, aquí la gente suele reírse: en voz alta, delante de todos, con detalles: la adivina me dijo que me casaría con un militar, y me casé con un fontanero, ja, ja. Se ríen hasta que se cumple, y cuando se cumple dejan de contarlo del todo y solo apartan la vista cuando se cruzan con la adivina, como la apartan al cruzarse por la calle con el médico que una vez les dio un diagnóstico desagradable y acertó. Kesha lo sabía por experiencia: había tenido muchos clientes que se reían de los pergaminos, y casi todos volvían después —sin reírse— a por otro. Pero a Oksana, no se sabe por qué, no le deseaba que volviera. Le deseaba que el veintidós se quedara sencillamente en casa con su «este» en el cochecito y que de su pergamino pudiera reírse toda la vida.
El Ocho de Marzo en nuestra ciudad se celebra como si no fuera el día de la mujer sino el de la reconciliación nacional: maridos que se han pasado el año llegando a casa pasada la medianoche están ese día a la hora de comer ante los fogones, con delantal, friendo algo que luego hay que tirar; en los colegios los niños regalan a las niñas postales firmadas por sus madres; en el mercado se vende hasta las dos, y luego los hombres del mercado juntan los puestos y brindan por la salud de las mujeres del mercado con tanta emoción que por la tarde a alguno, sin falta, se lo llevan a casa en la carretilla de las patatas. El Ocho cayó en domingo, y Kesha, que los domingos solía abrir, aunque poco rato, esta vez —lo había decidido por la noche— no abrió en absoluto. Grisha, sin embargo, vino igual: a las siete y media, como siempre, bajó retumbando por la escalera, entró, colgó la chaqueta del clavo y solo entonces, ya con el cubo en la mano, recordó que hoy no trabajaban. «Ay, maestro, que hoy no abrimos», dijo. No abrían, dijo Kesha desde detrás de la cortina. Pero él ya había venido. Ya lo veía, dijo Kesha. Grisha se quedó un rato con el cubo y decidió que, ya que había venido, fregaría: no iba a desperdiciarse —y fregó desde la pared del fondo hasta la puerta, sin saltarse ni una losa, y el umbral dos veces.
Luego Grisha hizo algo que Kesha no esperaba de él: despacito, con un nudillo, como en una puerta, llamó en el borde de la cortina y, cuando Kesha dijo «¿qué?», entró sosteniendo un ramito de mimosa amarilla y esponjosa envuelto en papel de periódico. Lo había comprado para su madre junto al metro, donde lo venden las abuelas, dijo Grisha, poniéndose colorado hasta las orejas, y había más, y pensó: el maestro siempre está aquí solo; y empujó la mimosa al borde de la mesa: no es una mujer, claro, pero aun así, huele bien. Kesha miró la mimosa: olía dulce, a primavera, a infancia, y con ese olor algo le dio una punzada bajo las costillas, no allí de donde venía el saber, sino cerca. «Gracias, Grisha», dijo. «Nada», dijo Grisha, ya rojo del todo: iba a llevarle la suya a su madre, que le esperaba.
Fue hacia la salida, cogió la chaqueta del clavo y de pronto se detuvo y dijo que se le había olvidado por completo lo de ayer: ese, el de aquella vez, el del uno, el del abrigo… Kesha sintió que se le enfriaban los dedos y preguntó qué pasaba con el del abrigo. Ayer estuvo ahí todo el día, allí, junto a la torre, dijo Grisha con naturalidad: Grisha lo vio por la ventana cuando fue a por agua, y cuando sacó el cochecito de Oksana, y cuando salió a comer, y por la tarde, cuando se fue: ahí estaba. Él incluso pensó: se va a quedar helado, todo el día al viento; pero el otro, nada, ahí quieto.
—¿Y no me lo dijiste?
—Que se me olvidó —se encogió de hombros Grisha, culpable—. Ayer usted estaba como… bueno, lo de la silla. Así que no le dije. Y luego se me olvidó. Y ahora me he acordado.
Kesha le preguntó si estaba seguro de que era el mismo. La cara no la vio, estaba lejos, dijo Grisha con sinceridad después de pensarlo, pero el abrigo era el mismo, y estaba igual que cuando estuvo sentado en la silla: sin moverse, como si lo hubieran plantado ahí, como un poste. Kesha callaba, y Grisha siguió contando que por la tarde, al pasar por delante camino de la parada, el hombre le preguntó. ¿Le preguntó qué? «¿Está Grigori en casa?».
Kesha no se dio cuenta de cómo salió de detrás de la cortina: de pronto estaba en la tienda, junto a la puerta, al lado de Grisha, sujetándolo por la manga de la chaqueta: ¿cómo se lo preguntó, exactamente, cómo? Pues, dijo Grisha desconcertado, él pasaba junto a la torre, el otro estaba ahí, y Grisha le hizo como un gesto con la cabeza —un conocido, un cliente—, y el otro, bajito, como aquella vez: «¿Está Grigori en casa?», y nada más. ¿Y él qué? «Pues yo le digo: "Grigori soy yo" —Grisha miró a Kesha perplejo—. Si yo soy Grigori. Grisha es Grigori. ¿No lo sabía?».
Kesha lo sabía, claro; simplemente nunca había pensado en ello, igual que nunca había pensado en que el abuelo también se llamaba Grigori: Grisha y Grisha, el abuelo Grisha y Grisha, dos Grishas distintos que nunca se conocieron. El abuelo murió en dos mil ocho, Grisha tenía entonces cuatro años; vivían en la misma ciudad, pero no podían haberse conocido, y no tenían nada en común salvo el nombre. Kesha nunca lo había pensado, y ahora lo pensó, y sintió frío.
Los nombres en nuestra ciudad, hay que decirlo, van por oleadas, como la moda de los gorros: en los cincuenta no nacían más que Vovas y Galias; en los setenta, Serguéis y Natashas; en los noventa, Denises, Kristinas y, no se sabe por qué, Arturos; y Grigoris no le ponía nadie, porque Grigori es nombre de abuelo, pesado, con barba y botas. Y si en los dos mil aparecía en alguna clase un Grisha, la maestra, en el primer acto del curso, preguntaba sin falta en honor de quién, y la madre se ponía colorada y decía «por nada», y ese «por nada», en una ciudad pequeña, suena más sospechoso que cualquier explicación.
Preguntó qué dijo el otro cuando Grisha le dijo que era Grigori. Nada, dijo Grisha frunciendo la frente: lo miró —bueno, la cara Grisha no la vio, estaba oscuro—, pero como que lo miró, mucho rato, y luego dijo: «No. Otro», y se dio la vuelta. Y Grisha siguió su camino, que tenía que coger la marshrutka. «No. Otro»: Kesha soltó la manga de Grisha.
—Maestro —preguntó Grisha con cuidado—, ¿y quién es ese Grigori al que busca? ¿A lo mejor hay que ayudarle? ¿A lo mejor se ha perdido? Parece que no es de aquí; a lo mejor se ha equivocado de dirección.
—No —dijo Kesha—. No se ha equivocado.
Se acercó a la ventana del semisótano, a ras de la acera, desde donde se veía poco —un trozo de la Krivaya, nieve sucia, unos pies que pasaban— y, si te inclinabas y mirabas hacia arriba y de lado, el borde de la torre del agua. Kesha se inclinó y miró: junto a la torre no había nadie, solo nieve gris, la chapa oxidada de lo alto y un cuervo en la cornisa. La torre del agua de la Krivaya está ahí desde mil novecientos y pico, no tiene agua desde hace cuarenta años, y siempre la van a derribar pero nunca se deciden, porque es bonita, de ladrillo, con almenitas, y porque debajo, según la abuela Tosia de la Oktiábrskaya, está enterrado el comerciante que la construyó, junto con su dinero. Al pie de la torre siempre hay alguien: esperando el autobús, fumando, quedando para una cita, y en verano en el banco de al lado se sientan los viejos a comentar quién se ha muerto; así que un hombre que se pasara el día entero junto a la torre no habría levantado sospechas en nadie de la Krivaya. En nadie, salvo en Kesha. Hoy no está, dijo Grisha a su espalda: cuando él vino, no estaba. Bien, dijo Kesha, que se fuera: su madre le esperaba.
Grisha se quedó mirándolo un rato, luego se puso la chaqueta, cogió su mimosa envuelta en periódico para su madre, fue hacia la puerta y ya en el umbral preguntó si el maestro no conocía a ese Grigori: si él conocía aquí a todo el mundo. Kesha no contestó, y Grisha se fue, y Kesha le oyó subir la escalera, resonante, metálica, paso a paso, y oyó cerrarse arriba de golpe la puerta del portal.
Luego Kesha volvió detrás de la cortina y se sentó a la mesa, en cuyo borde estaba la mimosa, oliendo, y pensó que el abuelo se llamaba Grigori, y que en esta ciudad debía de haber cientos de Grigoris —Grishas, Grishkas, Grigoris Petróvich e Ivánovich—, y que el hombre del abrigo largo no había ido a verlos a ellos, sino aquí, a la Krivaya, al semisótano de la casa diecisiete, donde durante treinta años había recibido a sus clientes el abuelo Grisha. «¿Está Grigori en casa?»: no, le habría gustado decirle Kesha, no está en casa: hace doce años que no está, está en la tercera sección del cementerio municipal, bajo una losa de granito, y has llegado tarde. Pero, no se sabe por qué, Kesha no estaba seguro de que el hombre del abrigo no lo supiera.
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